España gana el Mundial, pero no ha ganado el partido de su propia realidad

España vuelve a ser campeona del mundo en un momento en el que pocas cosas parecen capaces de reunirla. Mientras la selección de Luis de la Fuente conquistaba su segunda estrella con un fútbol coral, paciente y colectivo, el país real continúa discutiendo sobre vivienda, inmigración, corrupción, salarios, identidad y el lugar que debe ocupar en un mundo cada vez más convulso. Tal vez la paradoja de este Mundial no sea que España haya ganado. Tal vez sea que, durante unas semanas, ha demostrado que todavía sabe construir algo juntos.

 

Un país dividido que acaba de celebrar unido

Hay una España que, durante 120 minutos, ha dejado de discutir.

La España de las trincheras políticas, de los debates convertidos en guerras culturales, de los titulares que parecen escritos para provocar una reacción inmediata, se ha detenido para mirar a once futbolistas. En la final contra Argentina, la selección no ganó desde el ruido. Ganó desde el control.

No es un detalle menor.

España ha conquistado el Mundial con una idea de juego basada en la asociación, la paciencia y la confianza en el colectivo. No ha dependido exclusivamente de un salvador. No ha necesitado convertir cada partido en una batalla identitaria. Ha ganado porque ha sabido funcionar como equipo.

Y ahí aparece la primera ironía: el país que mejor parece entender el valor de la coordinación cuando juega al fútbol es el mismo que encuentra enormes dificultades para coordinarse cuando tiene que hablar de vivienda, inmigración, energía, educación o modelo territorial.

La selección ha hecho lo que la política española no consigue

El fútbol no resuelve los problemas de un país. Conviene no caer en esa ingenuidad.

La victoria de España no abarata el alquiler. No construye vivienda pública. No reduce las listas de espera. No resuelve la presión migratoria. No mejora automáticamente los salarios ni elimina la precariedad. Tampoco limpia las sospechas que pesan sobre la política española.

Pero el fútbol sí puede ofrecer, aunque sea temporalmente, una imagen de lo que una sociedad es capaz de hacer cuando existe un objetivo compartido.

Mientras la selección construía una victoria colectiva, la política nacional continúa instalada en una lógica de bloques. El Gobierno de Pedro Sánchez afronta una legislatura marcada por la fragilidad parlamentaria y la presión de los escándalos y las investigaciones judiciales, mientras la oposición exige responsabilidades y el debate público se radicaliza.

La paradoja es evidente: España ha ganado un Mundial jugando como un equipo. España gobierna, discute y se enfrenta como una suma de equipos que rara vez parecen compartir vestuario.

El país que crece, pero no siempre progresa

La economía española tampoco encaja fácilmente en los relatos simples.

España mantiene un crecimiento superior al de buena parte de sus vecinos europeos y la Comisión Europea prevé una expansión del PIB del 2,4 % en 2026. Pero ese crecimiento convive con una inflación del 3 %, un desempleo todavía elevado y una deuda pública que continúa siendo un problema estructural.

El dato macroeconómico puede ser positivo. La experiencia cotidiana, sin embargo, no siempre lo es.

Para millones de españoles, la economía no se mide en décimas de crecimiento, sino en la distancia entre el salario y el alquiler. La vivienda continúa siendo el principal problema del país para los ciudadanos, mientras la inmigración ha escalado posiciones entre sus principales preocupaciones.

El Mundial puede ofrecer una imagen extraordinaria de España hacia el exterior. Pero ninguna campaña de reputación internacional puede sustituir indefinidamente a una política capaz de garantizar que los jóvenes puedan emanciparse, que las familias puedan acceder a una vivienda y que el crecimiento se traduzca en bienestar.

La inmigración: entre la necesidad económica y la ansiedad social

La España campeona también es una España que necesita discutir con más serenidad sobre la inmigración.

El país ha recibido más de un millón de solicitudes dentro del proceso extraordinario de regularización impulsado por el Gobierno, una cifra que ha desbordado las previsiones iniciales y ha convertido la medida en uno de los grandes focos de confrontación política. Para el Ejecutivo, la inmigración responde a necesidades demográficas y económicas. Para sus críticos, la regularización puede tensionar los servicios públicos y carece de una respuesta suficiente ante la gestión de los flujos migratorios.

El problema es que España parece incapaz de mantener este debate en un punto razonable.

Entre la negación de cualquier dificultad y la explotación política del miedo existe un espacio intermedio: el de una política migratoria ordenada, exigente, humana y capaz de reconocer simultáneamente las necesidades del mercado laboral, la presión sobre los servicios públicos y la obligación de proteger la dignidad de quienes llegan.

El fútbol ha demostrado que se puede competir con intensidad sin convertir al rival en un enemigo. Quizá la política española necesite aprender algo de esa diferencia.

El mundo exterior es cada vez menos amable

La victoria de España llega, además, en un momento internacional de enorme incertidumbre.

Europa sigue condicionada por la guerra de Ucrania y por la necesidad de redefinir su seguridad. El conflicto en Oriente Medio continúa proyectando consecuencias económicas y geopolíticas. La energía vuelve a ser un factor de vulnerabilidad. Y las democracias occidentales afrontan una crisis de confianza que se alimenta de la polarización, la desinformación y la dificultad de las instituciones para ofrecer respuestas rápidas.

En ese escenario, una victoria deportiva tiene también una dimensión simbólica.

España no ha ganado aislándose del mundo. Su selección representa, precisamente, una sociedad abierta, diversa y profundamente conectada con el exterior. La nueva campeona del mundo no es una nación encerrada en una identidad única. Es el resultado de muchas influencias, muchas historias y muchas formas de entender España.

La imagen de esa selección levantando la Copa resulta especialmente poderosa en un tiempo en el que tantos discursos políticos intentan convencer a las sociedades de que la solución pasa por cerrarse.

La Copa no puede convertirse en anestesia

Pero hay una advertencia que conviene hacer.

España no puede utilizar el Mundial como una anestesia nacional.

Las celebraciones son legítimas. La alegría también. Durante unos días, el país tiene derecho a sentirse orgulloso. Pero una nación adulta no puede confundir una victoria deportiva con una solución política.

La Copa del Mundo no resolverá la crisis de la vivienda. El gol de Ferran Torres no hará desaparecer la polarización. La segunda estrella no eliminará la preocupación por la inmigración ni corregirá las desigualdades económicas.

La verdadera prueba llegará cuando se apaguen las celebraciones.

Cuando los jugadores regresen a sus clubes. Cuando desaparezcan las banderas de las ventanas. Cuando el trofeo deje de ocupar las portadas. Entonces España volverá a ser exactamente el país que era antes de la final.

Y ahí estará la pregunta importante: ¿habremos aprendido algo de la selección?

España ya sabe que puede hacerlo

Quizá esa sea la mayor enseñanza de este Mundial.

España acaba de demostrar que puede construir un proyecto de largo recorrido. Que puede competir sin renunciar a una identidad propia. Que el talento individual alcanza su máxima expresión cuando se pone al servicio de una idea colectiva. Que la paciencia no es debilidad. Que el éxito no siempre necesita gritar.

Ahora queda saber si esa lección puede trasladarse a otros ámbitos.

A la política.

A la economía.

A la vivienda.

A la inmigración.

A la convivencia.

Porque España ya sabe ganar un Mundial. Lo que todavía debe aprender es algo más difícil: cómo construir un país en el que la mayoría de sus ciudadanos sientan que también están ganando.

La selección ha levantado la Copa.

Ahora le toca al país decidir qué hace con la celebración.

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