Dos estudios de la Universitat de Mallorca (UMAC-ADEMA) identifican diferencias en la obesidad y el riesgo cardiometabólico, según el nivel educativo en población trabajadora

Las investigaciones, realizadas con muestras de 3.108 trabajadores, observan una asociación entre un menor nivel educativo y una mayor prevalencia de obesidad y perfiles metabólicos más desfavorables

Los trabajos, publicados en las revistas científicas Medical Sciences y Metabolites, abordan desde enfoques complementarios el papel de los determinantes sociales en la salud.

Dos estudios desarrollados por investigadores vinculados al Grupo de Investigación en Salud de la Universitat de Mallorca (UMAC-ADEMA) han identificado diferencias en la prevalencia de obesidad y en los perfiles de riesgo cardiometabólico de la población trabajadora en función de su nivel educativo.

Ambos trabajos, realizados con muestras de 3.108 personas en edad laboral, apuntan a una asociación entre un menor nivel de estudios y peores indicadores de salud. Esta relación se mantiene en los análisis después de considerar diferentes factores relacionados con la edad, el sexo, la alimentación, la actividad física, el tabaquismo o la diabetes.

Las dos investigaciones están firmadas por las doctoras María Teófila Vicente-Herrero y Carla Busquets-Cortés, y los doctores Pedro J. Tárraga López, Lluis Rodas Cañellas, Ángel Arturo López González y José Ignacio Ramírez-Manent, integrantes del equipo investigador que ha estudiado la relación entre el nivel educativo y distintos indicadores de salud en población trabajadora.

 

Uno de los estudios, titulado Educational Inequalities and Obesity: Association and Attenuation After Lifestyle Adjustment in a Cross-Sectional Working-Age Population y publicado en la revista científica Medical Sciences, analiza específicamente la relación entre nivel educativo y obesidad. Los resultados sitúan la prevalencia de obesidad en el 19,8% entre las personas con estudios primarios o sin formación reglada, frente al 11,5% entre aquellas con estudios superiores.

En el análisis inicial, las personas con menor nivel educativo presentaban una probabilidad de obesidad 1,89 veces superior a la de quienes habían cursado estudios superiores. Tras ajustar los resultados por edad y sexo, la estimación descendió a 1,72% y, al incorporar variables relacionadas con la alimentación, la actividad física, el tabaquismo y la diabetes, la asociación se mantuvo en 1,61% veces, lo que indica que el efecto persiste más allá de los hábitos individuales.

También se observaron diferencias en algunos hábitos. Entre las personas con menor formación, el 35,6% eran fumadoras, frente al 27,9% del grupo con estudios superiores; el 41,3% presentaba inactividad física, frente al 33,9%, y el 49% tenía una baja adherencia a la dieta mediterránea, frente al 32,5% de las personas con mayor formación.

El director de Publicaciones Científicas de la Universitat de Mallorca (UMAC-ADEMA), el doctor Ángel Arturo López, ha explicado que la obesidad se determinó mediante mediciones objetivas de peso y talla realizadas por personal sanitario y se definió a partir de un índice de masa corporal igual o superior a 30 kilogramos por metro cuadrado. La actividad física se evaluó mediante el cuestionario internacional IPAQ-SF y la adherencia a la dieta mediterránea se analizó con el cuestionario MEDAS-14, dos instrumentos validados y utilizados habitualmente en estudios epidemiológicos”.

El estudio concluye que las políticas contra la obesidad deberían combinar la promoción de una alimentación saludable y la actividad física con medidas destinadas a reducir las desigualdades sociales y educativas que dificultan el mantenimiento de esos hábitos.

Diferencias en el riesgo cardiometabólico

El segundo estudio, titulado Sex Differences in the Socioeconomic Gradient of Latent Cardiometabolic Phenotypes in a Working-Age Population from the Balearic Islands (Spain): A Population-Based Analysis y publicado en la revista científica Metabolites, amplía el análisis al conjunto del riesgo cardiometabólico. El trabajo estudió a 3.108 trabajadores de entre 18 y 69 años de las Islas Baleares y tuvo en cuenta indicadores como la obesidad, la resistencia a la insulina, el hígado graso metabólico, el índice aterogénico del plasma y el síndrome metabólico.

Según ha explicado el director de publicaciones científicas de ADEMA, el doctor Ángel Arturo López, “el principal valor del estudio es que no se limita a observar cada factor de riesgo por separado. Frente a la visión clásica que mide colesterol, glucosa, obesidad o tensión arterial como variables aisladas, los investigadores aplicaron una técnica estadística denominada análisis de clases latentes, que permite identificar grupos de personas con patrones metabólicos similares. Este enfoque permite mirar el riesgo como un perfil global, más cercano a la realidad clínica de cada persona”.

El estudio identificó cuatro perfiles cardiometabólicos: uno de bajo riesgo, en el que se encontraba el 40,8% de la muestra; otro denominado obesidad dominante, con el 24,1 %; un perfil dismetabólico, que agrupaba al 19,3%, y un perfil multimórbido de alto riesgo, correspondiente al 15,8% de los participantes.

Este último grupo concentra simultáneamente varios indicadores adversos. El doctor Arturo López ha detallado que “no se trata solo de personas con obesidad o con algún parámetro alterado, sino de un perfil en el que coinciden diferentes señales de deterioro metabólico: obesidad, resistencia a la insulina, mayor probabilidad de hígado graso metabólico, alteraciones aterogénicas y síndrome metabólico. Es, por tanto, un perfil de especial interés para la prevención de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y otras complicaciones asociadas”.

Los resultados muestran también una asociación entre un menor nivel educativo y una mayor probabilidad de pertenecer a perfiles cardiometabólicos desfavorables. Entre los hombres con menor formación, el riesgo relativo de pertenecer al perfil multimórbido de alto riesgo fue 1,82 veces superior al de aquellos con estudios superiores, mientras que entre las mujeres alcanzó las 2,47 veces.

El estudio precisa, no obstante, que los hombres presentan en términos generales una mayor carga absoluta de riesgo cardiometabólico, mientras que la asociación relativa entre un menor nivel educativo y el deterioro metabólico resulta más marcada en las mujeres.

La investigación refuerza, en palabras doctor Arturo López, “una idea cada vez más presente en salud pública: el riesgo cardiometabólico no aparece de forma espontánea en la edad adulta, sino que se construye a lo largo de la vida mediante la interacción entre biología, hábitos y entorno social. La educación, en este sentido, funciona como un marcador de acceso a recursos, alfabetización en salud, estabilidad laboral y capacidad de tomar decisiones preventivas informadas”.

Los investigadores advierten de que, al tratarse de un estudio transversal, no se puede afirmar que el menor nivel educativo cause directamente el deterioro cardiometabólico. Lo que sí muestra el trabajo es una asociación sólida entre menor formación y mayor probabilidad de pertenecer a perfiles metabólicos adversos, especialmente en mujeres.

La principal conclusión es que la salud cardiometabólica tiene una dimensión social. La prevención no debería limitarse a intervenir sobre el individuo una vez que aparecen los factores de riesgo, sino actuar antes sobre los determinantes que favorecen su aparición. En este sentido, educación, equidad, condiciones laborales, conciliación y acceso a recursos saludables forman parte también de la política sanitaria.